sonidos como cascos de un galopar

viernes 8 de febrero de 2008

Sonidos como cascos de un galopar *



PROSA DE LOS INFIELES DIFUNTOS


Uno

Amargo es el silencio en la víspera del moribundo. Una sonrisa obscena le recorre la cara como ondular de cascabeles furiosas. La mujer, con su rosario de sudores, mira en la cabecera de la cama un aletear de sombras, sospecha una nube de cuervos merodeando la finca. La madrugada será por siempre roja, abismo de la sangre y las mentiras del nuevo muerto. Del guásamo gotean semilleros de instantes, hileras de serpientes en dirección al pueblo. Lo que antes fuera deseo es ahora ceniza de la muerte. Las concubinas del señor jamás volverán a reír. Cierra la ventana para evitar que el viento empuje hacia la flama del quinqué a los demonios de la soledad. En la mañana próxima sus rencores serán abono del olvido, silbarán cualquier canción por la memoria de su hombre.


Dos


Pasa un cortejo fúnebre, un silencionocturno a las tres de la tarde. Desde su ventana, la mirada de Silvia atisba como un gajo del más frío verano. Otras fueron sus canciones, no el crujir de espuelas en el pedrerío de las calles, no los saxofones traídos de Mediasaguas para entonar himnos amargos.

Atrás quedó la bulla de sus regresos en el lomo salvaje de los amaneceres, su griterío de tordo, en cuyos vuelos perdía castidad la tarde, el fermento de caña que se embriagaba en su boca, los infinitos pubis que olió al amparo de cielos cómplices, cuando la gente se rendía a los designios de la noche. Atrás quedó el río sediento de sus venas.

Silvia se persigna y pide por el resplandor de su alma de veinte años en el futuro cantil de la más oscura oscuridad, lejos de sus querellas.


Tres


No pierdas, Galo, tus horas fugitivas del infierno en convites de café y tabaco, en medio de hombres que amarillea el otoño —sus voces enmohecen a causa de escorpiones en los sueños—. Las barajas te predicen la gloria de los muertos vivos, tuyo es el aire tormental que viene del sur, los vastos territorios de la noche y el último aliento de vida en los moribundos. Busca mejor los sacrosantos reinos de las tentaciones, los lupanares donde el vino fluya igual que arroyos junto a las aldeas temporales de viajeros venidos de otros mundos, las casas luminosas donde mujeres rojas de placer asedian al caballo azabache de tu entrepierna. Tus horas —moneda cara a Satanás— no pueden mal emplearse. No eres el único asesino proveedor de cementerios perfumados con pachuli y rumores santos, aunque
eres heraldo del silencio, buscador de incrédulos con el signo de la calavera en sus miradas. Ya zumba tu impaciencia, ya espolea el destino tu cuerpo duro como la piel de sementales. Bésalas, siente sus lenguas domesticar tu pecho, penetra sus balcones de doncellez postiza, ámalas como en la última ceremonia del deseo. Mañana, Galo, tu sangre visitará los abismos del infinito.





COMO EN AQUELLA FÁBULA

Como en aquella fábula de Poe
hay un hombre sentado en una roca, y el diablo
no aparece.
Junto al Mozomboa que serpentea como si fuese
el tiempo y fluye entre platanares y cañas libres
de cultivo, hay un hombre sentado en una roca.
El agua calla cuanto sabe su mirada y lo guarda
en su propia hondura.
Los arbustos ni reflexionan acerca de la eternidad
ni hablan otro lenguaje que no sea el de los anfibios.
No viene un solo rayo a iluminar el rumoroso fluir
de la madrugada entre las ondas del Mozomboa.
El hombre continúa sentado en esa roca.
Acaso se pregunte qué diantre sea el silencio
o la duda, o el caos, o acaso no se pregunte nada.
Tal vez mire el futuro como el negro reverso
de los montes, tal vez algún sonido le trajo
a la memoria ciertas cosas abstractas
ciertos olvidos de otros años
ciertas contradicciones.
Pero no hay un indicio de preocupación
en ese fragmento de paisaje demasiado tranquilo.
La sombra de alguien a punto de morir siente
estas imágenes como síntesis de sus días pasados
que, absortos, se difuminan en la superficie
clarísima del Mozomboa.
No hay nada más complejo —en realidad no hay
nada complejo—, es sólo el callar
de la contemplación.
El hombre desaparece de la roca, y un pájaro
—el vacío— viene a posarse en ella
en tanto mira los círculos
y los círculos y los círculos al caer de un insectosobre el agua.



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*Primera edición: Ayuntamiento de Campeche 2005. Segunda edición: Mantis Editores (Guadalajara, Jalisco, México 2008) en la reunión poética personal Dicho Está.


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José Landa
José Landa (Campeche México 1977), autor de 12 libros publicados en México, Centroamérica y España, donde ha obtenido una treintena de premios como: Mención de Honor del Premio Punto de Partida de la Universidad Nacional Autónoma de México (1993), el José Gorostiza (Tabasco 1994), Hispanoamericano Quetzaltenango (Guatemala 2007), Internacional Cd. de Lepe (Andalucía 2009) y el de la Universidad de Sn. Luis Potosí 2009. Becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes 2004. Algunos libros: Tronco abierto (Cultura de Campeche 1993), La confusión de las avispas (Consejo Nacional para la Cultura y las Artes 1997), Casa en la mirada (Depto. de Quetzaltenango, Guatemala 2007), Dicho está (Ed. Mantis, Jalisco 2008), Meditación de lejanías (Ed. Gatsby, Tabasco 2008) y Placeres como ríos (Inst. de Cultura Sinaloa 2009). En proceso de edición Un reino de bruma (Huelva España). En 2010 saldrá Navegar es un pájaro de bruma (ed. bilingüe / Ecrits Des Forges Canadá. Está antologado en El manantial latente (Consejo Nacional para la Cultura y las Artes 2002), Anuario de poesía (Fondo de Cultura Económica 2005), Un orbe más ancho (UNAM 2005), Proemio 6 (Ayto. de Loja, Granada, España 2006).
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